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¡Simplemente divino!

Por: Maria Ramos

Si eres loco por chocolate y siempre creíste que sólo podía ser divino, no eres el único. En más de dos mil años de historia, el chocolate fue por mucho tiempo considerado sagrado por sociedades antiguas de México y de América Central.

Ilustração: Barbara Mello

Ilustração: Barbara Mello

Fueron pueblos primitivos de esa región que descubrieron que las semillas del cacao podían aplastarse y transformarse en una bebida deliciosa, el tchocolatl. En realidad, deliciosa para ellos, porque cuando los europeos llegaron a América, a fines del siglo XV, no les gustó ni un poco aquella bebida amarga, grasosa y… ¡picante! El chocolate de aquel tiempo era muy diferente del que conocemos hoy: no llevaba azúcar y además se mezclaba con pimienta y otros condimentos fuertes.

Pero si a los europeos, al principio, no les gustó el tal tchocolatl, para los aztecas, civilización altamente organizada que habitaba México desde el siglo XIV, era un regalo divino. Más precisamente de Quetzacoatl, dios de la sabiduría y del conocimiento.

Los aztecas creían que esa divinidad había traído del cielo las semillas de cacao y, por eso, festejaban las colectas con crueles rituales de sacrificio humano. Para completar la escena, que parecía haber salido de una película de terror, ellos todavía ofrecían a las víctimas ¡copas de chocolate!

Mucho tiempo después, ya en el siglo XVIII, el botánico sueco Carlos Lineu, inspirado por esas historias y por el sabor del chocolate, bautizó el árbol del cacao de Theobroma cacao que, en griego, quiere decir alimento divino. Pero las curiosidades sobre el chocolate no paran por ahí.

Todo comenzó…

Nadie sabe exactamente quién inventó el chocolate. Se sabe, sin embargo, que mucho antes de los aztecas, la civilización Maya del Período Clásico (250-900 d.C.) ya lo conocía. El Imperio Maya ocupaba el actual territorio de Guatemala, este de Honduras, Belice y sur de México. Era una sociedad muy desarrollada, cuya actividad económica básica era la agricultura, que conocía técnicas avanzadas de irrigación.

Los mayas plantaban el cacao, lo colectaban, tostaban las semillas y las transformaban en una pasta que después mezclaban con agua, pimienta, cereales y otros ingredientes. El resultado era una bebida fría y espumosa, apreciada particularmente por la realeza, aunque muchas personas también la consumían, por lo menos de vez en cuando.

Debido a la importancia social y religiosa del chocolate, las semillas de cacao eran consideradas muy valiosas, tanto que pasaron a ser usadas como dinero. Un conejo, por ejemplo, podía comprarse por unas pocas semillas. Cuando dominó buena parte de América Central, alrededor de 1400, el Imperio Azteca frecuentemente exigía que la población y pueblos dominados pagasen impuestos en semillas de cacao.

Tierra a la vista!

En el año 1519, llegó a América un navegante español llamado Hernán Cortés. Para su sorpresa, el Emperador de los aztecas, Moctezuma, lo recibió cordialmente. Es porque, según el calendario azteca, aquel era justamente el año en que el dios Quetzacoatl había prometido volver. Ya debes haber imaginado la confusión: Moctezuma pensó que Cortés fuese la reencarnación de Quetzacoatl. Al fin y al cabo, el emperador era fanático del tchocolatl – dicen que llegaba a beber hasta 50 botellas de la bebida ¡por día!

Ilustración:Barbara Mello

Ilustración:Barbara Mello

Moctezuma rápidamente agasajó a Cortés con copas de tchocolatl y le regaló una plantación de cacao. Y el explorador español, a pesar de que la bebida no le había gustado mucho, rápidamente percibió que las semillas de cacao valían oro. ¡De verdad! Mientras los granos de cacao eran una especie de moneda local, el oro no era un metal valorizado por los aztecas.

Pero Cortés no se quedó satisfecho sólo con los lucrativos intercambios comerciales y, un año después, respondió con una traición a la simpática forma con que el pueblo azteca lo había recibido. Ayudado por una epidemia de viruela, enfermedad que había traído a América junto con sus tropas, derrotó los ejércitos aztecas, matando al emperador Moctezuma y a su sucesor.

Al volver a Europa, en 1528, Cortés llevó consigo semillas de cacao y presentó el chocolate al rey Carlos V de España. Pensando en las ventajas comerciales que aquella bebida exótica podía traer, establecieron plantaciones en islas tropicales conquistadas por España, como Trinidad y Haití, en América Central, y en la isla de Fernando Pó (actualmente Bioko), en Guinea Ecuatorial, en África Occidental. A propósito, hoy más de la mitad de la producción mundial de cacao viene de países africanos.

El secreto de los monjes

En Europa, el chocolate se difundió entre la familia real y los nobles de la corte española. Para atenuar su sabor, disminuyeron la cantidad de condimentos que los aztecas usaban y pasaron a ponerle miel. Ya el rey Carlos V tenía en hábito de tomar chocolate con azúcar.

Para garantizar la exclusividad de la receta, los españoles le confiaron el secreto sólo a los monjes. Así, las cocinas de los monasterios se transformaron en locales de experimentación para el perfeccionamiento del chocolate y la creación de nuevas recetas. Por casi un siglo, España era la única que producía chocolate, que se tornó un artículo de lujo. Mientras los nobles lo degustaban en los salones, los religiosos fueron autorizados a consumirlo sin que eso representase una ruptura del ayuno.

A mediados del siglo XVII, sin embargo, comenzaron a revelarse las primeras informaciones sobre el chocolate. Los monjes permitían que los visitantes de otros países probasen la bebida y marineros capturaban barcos españoles cargados con semillas de cacao. Rápidamente se difundieron plantaciones de cacao por Europa.

Pero fue solamente en el siglo XIX que el chocolate se popularizó. En 1825, el inventor Coenrad Van Houten creó una prensa que permitía separar el licor de la manteca de cacao. Con el licor, se creó un chocolate en polvo de mejor calidad y con la manteca – ¡adivina! – hicieron el primer chocolate en barra.

Consulta también: Escoba de bruja

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